Cascaritas.

agosto 17, 2010

Si uno estuviese preparado para arrancarse las cascaritas de una vez, sin temor, sin ese miedo a que vuelva a salir todo ese rojo de ahí, y vaya a saber uno si lo podrá controlar después. Cuánto menos desafiante es una curita que andar con todo al aire, pero uno anda así de cualquier manera, una gasa, una venda, sin pensar siquiera que el viento sabe sanar. Además, habrá que figurarse lo que podrían llegar a decir los estoicos cancerberos de las formas, miralo vos, cuán descuidado, qué desatento. Ellos saben hacerlo notar, alardean desde su orgullosa comodidad, con sus parches yodados y apósitos encima que los resguardan de ese mundo inadmisible. Especialistas clandestinos recomiendan desatenderse y sumergirse en la profundidad del cauce hemático. Sin contraindicaciones ni adversos ni recetas. Ante cualquier duda, consulte a su filósofo de cabecera.

Autopista hogar.

agosto 17, 2010

Explota la ciudad en un silencio ensordecedor, en un segundo eterno en el que todo se ve, él lo ve, lo huele, huele ese aire alquitranado que le repugna y le ciega el olfato, oye cómo todo se vuelve gris o grisáceo, puede sentir el gusto de la inmovilidad de esas estatuas marmoladas que antes han sido hombres. Revuelve la olla, casi vacía y poco llena con restos de esfuerzos inútiles y limosnas de media tarde. El vapor caliente se escapa hacia el norte de las nubes de plomo, de las torres que guardan más torres que resguardan el seno de un gobierno de señores vestidos de ocasión. El calor se escapa, y él se retuerce desde las vísceras, lucha por asir el fuego y se enrosca en sí mismo y en el lecho de cartones recogidos con el sudor de un día y de suelas gastadas. Lucha tan fuerte por mantenerse despierto y tan fuerte es tentado a sucumbir ante el sueño. Con un ojo examina el escenario que lo desvela. Luces inextinguibles que se perpetúan en todos los puntos del espacio, a lo largo de la ruta que atraviesan comerciantes insomnes, oficiales uniformados en grupo, vehículos para unos y otros. Pocas estrellas esta noche. Alcanza a contar apenas tres, pintadas con los restos del fuego que ahora son cenizas, en el techo que le da la autopista. Pronto la noche es mucha y ya todo parece dejar de ser. Algo se siente cambiar. Tal vez para él, con suerte para él, desahuciado mendigo de la vida, que anhela tanto la pensión del otro mundo.

Y ahí va otra vez el vértigo, vuelco que irrumpe abruptamente con la transfiguración del escenario. E inmediatamente a correr tras la consecutividad de los verbos: abrir los ojos, dejar la subconsciencia, comenzar a pensar, ese engorroso mecanismo; primero una media, luego la otra, después la cara, el agua fría despeja las últimas escenas del sueño. ¿Y ahora qué? Esa taza de café parece ser la misma que ayer era o, por lo menos, sigue siendo taza, aun cuando la luz, el tiempo y hasta yo mismo le otorguemos una perspectiva levemente distinta a la del fotograma anterior y, sin embargo, todo puede ser y dejar de serlo en el terreno de mis sueños, deslumbrante despliegue de anti-leyes para romper las leyes ya legisladas en el otro mundo repleto de legisladores. Yo podría levantarme dentro de uno, un sueño, el mío, con las medias ya puestas, la cara ya lavada, la cama ya tendida, y mi taza de café no sería la misma que la de las dos de la madrugada con chocolates, porque ahora (sí, ahora, agradable atemporalidad de la imprecisión) es un tazón y lo que tiene dentro no es café sino té de cedrón, que ya fue tomado incluso antes de llegar a mis labios, o tal vez no termine nunca de ser bebido. Reflexión desde este lado del mundo: Si hay algo de lo que carecen las cosas de la realidad es de ser dócilmente moldeables por la voluntad de mis caprichos. Al menos por ahora (sí, ahora, agradabilísima imprecisión de la temporalidad).

Éter.

noviembre 1, 2009

Hoy descubrí un espacio, sin explicaciones de origen ni fundamentos absurdamente forzados. Es suficiente y liviano, se mueve hacia donde yo me muevo y está delicadamente poblado con seres de varios agradables sabores. No me cuesta ser, girar, querer, soltar, ni ningún otro infinitivo. Se conjuga en presente continuo: todas las cosas están sucediendo. Hay demasiado aire entre lo demás, espacios inter-espaciales, habitáculos sin fondo ni paredes, invitación para huéspedes mágicos. Se deslizan burbujas por debajo de las puertas y es signo verdadero, todo corre a favor del viento. Tengo un sombrero alado por si llueve. Lo estoy pensando. Sólo por hoy, acá me quedo.

Tu teléfono me dio la pauta y el sello rotundo, evidente clásico posmoderno, y tal como si volcaras un tanque australiano entero con gélida agua antártica en mi café con leche me arruinaste la merienda, porque entendí de golpe tus silencios sin respuesta con esa monótona y obsesiva melodía de ocupada. De qué sirven, me pregunto, mis malabares y equilibrismos, mis trucos de magia expropiados de un juego para chicos de cero a noventa y nueve años, mis magnolias de papel glasé y mis asados en la casa de tus viejos, insoportables detallistas de la cocción a punto saignant (y a mí que me expliquen cómo alguien puede comer la carne así de cruda); de qué te sirven a vos y a mí todas estas cosas, si tus ojos le regalan su amor a los números con letras agrupadas, y ya tus manos parecen las de un obrero de la construcción de sesenta y pico de años, aunque con las uñas minuciosamente pintadas, eso sí; y yo que, por no arrebatarte el aparato de un zarpazo y arrojarlo al mar con la fuerza suprema de un competidor olímpico enardecido, estoy acá parado en el medio de las vías (y aun no me ves), sosteniendo una porción de tarta de frambuesas con algunos mordiscones imperfectos, esperando fundir mi oreja en el sonido bestial de la máquina, que me lleve lejos de tus dedos indiferentes y veloces y me detenga el proceso digestivo con la inmediatez de un rayo.

El guardián de la especie.

octubre 26, 2009

El límite ha sido establecido y la determinación es inapelable. Un vaso de cristal, uno solo y probablemente barato, pero único y vaso al fin, es más que suficiente y aun menos que prescindible. Muchos discípulos vendrán, luego, a poblar la fría planicie marmolada de la mesada en la cocina; el flamante ejército translúcido cumplirá sus rutinas a la perfección, abandonará los hangares modulares, recibirá y descargará los manantiales líquidos que le sean impuestos, y después secará al viento sus pieles tan rígidas y a la vez tan frágiles. Frágiles en verdad, pues desde sus fronteras de verde plástico, el seca-platos y sus huéspedes multipropósito verán desfilar hacia el abismo, uno detrás del otro, cada noble servidor, aquellos que han sabido saciar la sed de vida y que ahora encontrarán, fatídicamente, su realidad despedazada en mil partes desparramadas por el suelo. Todos menos él, el guardián de los cristales, el resquebrajado y resistente cancerbero de su especie, el encargado de asegurar la transición, la perpetuidad, de permanecer solitario hasta el próximo reabastecimiento, ocasión en la que habrá de recibir a las jóvenes compañías, enseñarles el oficio y luego ceder el mando y abandonar las formas para volver a los infinitos fragmentos microscópicos de los que alguna vez surgió.

Atrevimiento.

agosto 5, 2009

Caballero hermético, rimbombante señor de mil-no-sé-cuántas corbatas negras sin arrugas y polera con cuello, véngase y aplauda a dos tiempos de negra por compás, sáquese la galera y dígame cuántos pares son tres botas. Embárrese las ganas, Don, que hoy el horno está para bollos. Y quién sabe, tal vez encuentre justo ahí, en un magistral quiebre de cintura, un color o un sabor nuevo, un secreto bien guardado, algo por lo que vivir sin peinarse cada mañana. Tírese al piso pa’ defender esa pelota y hágase el sota frente al opaco grito sanguíneo de cualquier moretón emergente. Escuche el bombo martillándole el pecho, pidiéndole sin palabras que escupa algo de gracia, que suelte un poco el trapo si lo limpio se ensucia al rato, que se baje una parada antes y camine lo que falta. No rompa más los huevos silbando el mismo tirarirarai de siempre y meta la segunda que por andar despacio se le va a apagar el motor. Déjese llevar por un par de firuletes que se le escurran entre las mangas del pantalón y, enredándolo, se le enrosquen en el corazón y le hagan tropezar y caer de bruces a donde otros también caen, a ese pelotero inmenso que trafica mujeres de labios ardientes y unos cuantos puñados de sonrisas con olor a nuevo.

Salgo a la calle y hoy se anuncia lo mismo de siempre. El relojero se acerca de a pasos breves y me obsequia la hora detallada a las once con cincuenta y tres minutos y quince segundos de la mañana. Efímera y cruelmente inadvertida se disimula la verdad del ahora; once horas, cincuenta y cuatro minutos, tres segundos, inasible, imperceptible, irreal. El relojero saluda con la mano en su sombrero y lo apoya sin esfuerzo en el balcón del tercer piso, aprovecha para arrebatarle un pétalo al jazmín de la inquilina y sigue camino. Un día como cualquiera de los anteriores. Me ato los cordones firmemente y me despego explosivamente del suelo, esquivo los sonidos que se vuelven obstáculos y a la gente saliendo de los centros comerciales que son obstáculos, esquivo los pensamientos que me toman el tiempo y los recuerdos que me empapelan la cara con alarmas sobre mi tardanza. Transpiro todas las gotas de mi cuerpo y al llegar a la Plaza del Reloj, el relojero ya se encuentra allí, anticipado e irritablemente inalcanzable. La torre está al cuidado de sus manos, las agujas le devuelven la gentileza de sus caricias con movimiento. El fragmento del jazmín robado se advierte en su bolsillo pero no hay manera de tocarlo. Son las doce en punto y el relojero ejecuta el campanario del almuerzo, mientras de reojo me adivina las intenciones y se siente roble ante un pequeño brote de osadía. Hoy es un día como cualquier otro y mis palabras ya están en otro tiempo.

Por favor te lo pido.

diciembre 29, 2008

Te voy a pedir, amor, que te saques el dedo de la nariz y que, por favor, te guardes ese semipiso a estrenar con cochera en el bolsillo, ya te lo dije mil veces, que los inmuebles no son para andar aireándolos así tan indiscretamente y que no hay moco más que para un par de hurgadas. Y si fueras un poco más considerada, limpiarías todos los domingos y feriados esa jirafa que estacionaste en la vereda, vaya-uno-a-saber-por-qué, que no para de arrancarle las almendras a Espineta, que todavía ni se caen de inmaduras, y los vecinos que dan vuelta la cara como esperando que desaparezca inmediatamente por obra y gracia del Señor. Entendeme, corazón, no me hagas calentar. Si, al fin de cuentas, soy el tipo menos exigente con el que has andado, y lo único que te cuestiono es la maldita costumbre de agregarle aceitunas negras al relleno de las empanadas.

Invocación.

diciembre 29, 2008

Ahí te despertaste con el pie derecho y ahora avanzás a todo trapo, plenamente convencido de haber nacido para desafiar el orden de las cosas, que las cosas tienen un orden que merece ser desafiado, que la realidad… y unos instantes antes de llegar a la esquina, sólo uno de los frenos de tu bicicleta realmente funciona y hasta ahí llegó tu ímpetu, desarticulado Quijote; la ñata contra el vidrio y el pañuelo sobre la sangre, se te terminó la joda, eh? Todos creemos saber muy bien que nadie encarna a un héroe con semejante defecto mecánico, pero vos vas y seguís yendo, y yo no creo entenderte o ya no sé qué creer. Vestís la piel de un excéntrico conductor que sigue pedaleando como si todavía hubiese camino adelante; yo te pido que me expliques, pero tu tiempo no es para palabras. Y esta vez tu pie izquierdo es el que empuja y al lugar donde llegaste no lo veo, no lo huelo y sólo escucho el viento que no me dice nada y que a vos te impregna el vértigo. Y si te pido que no insistas, el doble aumenta tu embestida y astillás la madera martillando tornillos, machacás el cubo hasta que por fin quepa en el cilindro, te inmolás en los altares del preconcepto para que luego crezcan flores en los escalones de mármol. Y por más que la cuesta se forme perfectamente perpendicular al suelo, a vos qué te importa, tus ruedas se ríen y desobedecen eso que empuja hacia abajo, las puntas de tus dedos se estremecen con cada envión y todas las palabras dichas nunca fueron tan livianas al oírlas en la brisa que susurra allá en la cima, que a tu llegada encuentra la metamorfosis y deviene inexorablemente base.